miércoles, 31 de enero de 2018

FINALIZADO EL PLAZO DE RECEPCIÓN

GRACIAS POR TANTO DUELO

El jurado inicia el suyo propio

356. EL DEL ESPEJO, de Jennifer Moliner

Hijo del capitalismo me llamaron, esas palabras se marcaron a fuego en mi carne, me vi en tercera persona en aquel momento y la descripción que daba de mi mismo era paupérrima, recuerdo haber pensado que estaba tan metido en las redes sociales en el móvil, que no recordaba lo que es el cariño, la nacesidad de un abrazo, mientras otros tienen una teta en la mano, yo qué tengo, un raton o el movil, eso me deprimio, nadie me había enseñado a vivir, el único referente que he tenido es mi gato chester, porque el disfruta el amanecer, mira películas, vive de una forma favorable, no me reconozco, no reconozco la figura del espejo, dicen que los esquizofrénicos pueden ver a traves de los espejos, eso es algo maravilloso, esto es un anidos a todo lo relacionado con internet un abrazo muy fuerte.

355. D.E.P. ABUELA QUERIDA, de Silvia García

No sabría donde se inicio la partida, quería verte y volví aquella residencia como de costumbre, cada domingo y cualquier día.
Pero esta vez llegaba tarde, no pudimos rezar, despedirnos lo hicimos muchas veces, cuando en ocasiones la muerte te increpaba. Y la noticia se amontonaba en la mente y el corazón maniatado ante la evidencia de tal fisura. Extasiado el sentido de la conciencia. La verdad atragantada en el gaznate, asimilar lo inevitable. ¿Quién puede remediar el inicio? ¿ Y esquivar el tránsito?
La pérdida va dejando una cicatriz.¿ Duele más perder a alguien que nunca más volverás a ver? ¿O el saber que existe aún en una cavidad abierta de tu ser? ¿Es tal vez la tristeza duelo de la depresión? Ó viceversa.
Empatía ante un sufrimiento continúo. El recuerdo es una tortura mortificante y el reto de aceptar una realidad distorsionada. Y vas ahogándote en un mar de lágrimas que brotan como un océano enfurecido. El consuelo rehúye ante el desconocido, el ánimo es perverso con uno mismo, intentas retomar el vuelo entre el día a día, envuelto entre tonos negros con matices grises. La compañía ayuda pero no lo suficiente para paliar con descanso y alivio.

354. LA COSTUMBRE, de Raúl Clavero

Desde hace unos meses mi abuelo se sienta cada noche a los pies de mi cama y, durante horas, me cuenta con entusiasmo todos los detalles de su duelo a muerte con Tim Cassidy. Por más que le pido que deje de hacerlo, que ya me sé su historia y que necesito descansar, él regresa una y otra vez a mi dormitorio en cuanto el sol se pone sobre el horizonte. Me da cierta lástima, pero si no se marcha en unas semanas le diré la verdad: que nunca fue un gran pistolero, como él recuerda, sino un granjero humilde, que la abuela jamás llegó a perdonarle que se presentara en aquel duelo, y que de los dos fue Tim Cassidy quien siguió vivo.

353. FANTASÍA DESTRUCTIVA, de Armando J. Sierralaya

-¡¿Nunca lastimaste a nadie?!- fisicamente hablando- ¿nunca le pegaste a nadie? ¿Nunca cortaste con un cuchillo a alguien? ¿Nunca le pegaste un tiro a nadie? ¿ nunca le metiste una soga al cuello a alguien?
Unos segundos de silencio dice a continuación serenamente.
- ¿ nunca sentiste uno de esos placeres? Porque para el que tiene violencia estas fantasías son un placer. Tienes ganas de que te toque un hombre, ocultas esa homosexualidad latente con la violencia y al final eso te pasará factura.
Dio otra pausa, y dijo.
-Es por esto que estás durmiendo en un coche, tu fantasia destructiva ha apartado a la gente de ti.
El otro hombre se levanta y dice.
- a nadie quiero lastimar, además es usted muy afeminado.
Riéndose caminó hacía la puerta y se retiró.

352. JOVEN GUERRERO, de Armando J. Sierralaya

Mientras se acercaba con su capa enrollada al cuello, tan larga que rosaba el suelo lleno de petalos de rosas, la gente gritaba maravillada por su presencia, yo aún siendo su rival, asombrado por la presentación de aquel joven, me sentí como uno más del público, desenvaine mi estaba, en posicion de ataque, confiado mire a los rostros ajenos de aquel tumulto que nos rodeaban, Menosprecie a mi oponente antes de tiempo, retome la mirada en él por sonido de su capa togando el suelo, ese golpe sordo me asustó; tan pequeño cuerpo, tan cicatrices de sorprendentes tamaños, mis pensamientos se volvieron palabras.
-Oh joven guerrero, ¿de donde nacieron tus grandes habilidades?.
Elévate alto joven guerrero, que al igual que un ave vuela por sus plumas, son tus cicatrices las que te elevaran hacia el cielo.
Y unos instantes después pusieron mi cuerpo encima de una cama de madera ya consumida, cubierto con unas mantas dí mi último aliento.
Es asi como termina la historia del hombre que murio a manos del joven guerrero

351. NUBES, de Alberto Musy

Conscientes de la distancia que les separa, pero incuestionables en su tenacidad, corazones voluptuosos y oscurecidos desatarán nuevas lluvias que puedan besar a las criaturas amadas, pero muchas de ellas usarán, cuando los besos ya estén cerca, modernas defensas para evitar el contacto. Aquellos que jamás se dejan besar, los más deseados, blandirán sus artefactos y se ocultarán bajo sus faldas. No siempre fue así. No siempre hubo paraguas.

350. TENSIÓN, de Ruben Cabezas

Una gota de sudor surcó su frente para ir a morir a sus cejas. El pulso acelerado, molestias en la boca del estomago y un ligero temblor en la mano derecha con la que empuñaba el arma eran síntomas que conocía bien y siempre se repetían. Y eso a pesar de haber participado ya en decenas de duelos.

Miro a su oponente, sonreía entre nervioso y desafiante ante el trance que les esperaba. En unos minutos solo quedaría uno de ellos.

Entonces se ajustó la gorra de béisbol, movió las piernas al ritmo del beat, cogió el micrófono con la mano izquierda y empezó a encadenar punchlines, como un Cyrano de Bergerac contemporáneo, con una cadencia de flow nunca vista hasta entonces a un MC en las batallas de gallos del barrio…

349. TREGUA PERPETUA, de Elisa Sánchez

La ventana abierta dejaba al descubierto la habitación donde Galindo, hele allí sentado, ataviado con albornoz y babuchas, jugaba al ajedrez.
Batallaba una guerra personal, cual dos caballeros que blanden sus espadas aún siendo de un mismo bando. Mas aquí los algoritmos y la destreza, mezclados a sorbos de vino, arbitraban una justa de lances mentales consigo mismo.
¿Dónde estás mi contrincante, amigo? ¿Cuán lejos quedaron aquellas tardes de movimientos difíciles de adivinar en partidas que despedían el día?
Cansado me hallo de treguas pactadas intencionadamente. Las victorias reflejadas en mi derrota. Y sin embargo, esperando siempre el jaque.
Como respuesta, un leve balanceo de la cortina, un viento mudo que recorre la casa.
Y en la mesa un plato de duelos y quebrantos.

348. TRES DUELOS Y UNA CHAQUETA A RAYAS, de Ramón Ferreres

La afligida viuda decidió guardar riguroso luto durante un año. Sabía que ya no se estilaba, pero su marido bien lo merecía, por su ejemplar comportamiento, por su apoyo incondicional y, especialmente, por Carlos, aquel maravilloso hijo fruto de su amor. En cambio, el joven siguió adelante con su vida: los amigos, su nueva novia, la universidad. Su padre no merecía una sola lágrima. Su duelo apenas duró un instante. No iba a perdonarle jamás que tuviese una amante. Esta, tan apenada como la esposa, decidió revelarle a su hija la identidad de su padre. Le habló de él, de lo imposible de su relación al ser un hombre casado, de cuánto las quería a ambas y de cómo la vio crecer a través de infinidad de fotografías. La joven, algo intranquila, quiso poner rostro a su padre. Conmovida, su madre le mostró una instantánea de ambos. Le costó reconocer a su madre, tan joven, pero enseguida reconoció a aquel hombre con una inconfundible chaqueta a rayas. La misma del retrato familiar que presidía el salón de casa de Carlos, su nuevo novio.

347. FRIOLERO, de Elena Bethencourt

Te rodeo con mis brazos para darte calor en esta gélida noche de marzo. Primero lo intento con el calor de mis besos, después con el aliento, pero no consigo que aumente tu temperatura. Luego, desesperada, te cubro con mantas y con mi propio cuerpo pero tú sigues muerto de frío. La chimenea está encendida y el calor se vuelve insoportable en la sala. El sudor de todos los presentes encuentra los mismos caminos que el llanto en este duelo. Sin embargo, tú, hijo mío, estás frío como un muerto… El crematorio mañana es la única esperanza que me queda.

346. LIMPIEZA, de Pablo Escobedo

El joven dudaba si habría sido mejor decantarse por las pistolas. La escasa fiabilidad de aquellos modernos aparatos no le inquietaba tanto como la idea de que su honor estuviera supeditado a su pericia como esgrimista.

Sin embargo, ahí se hallaba, frente al sargento. Los metales, pulcros y afilados como los utensilios de una cena de gala, pero dispuestos para un propósito bastante más obtuso.

Todo sucedió rápidamente; dos embestidas en punta que el joven pudo a duras penas repeler. Un feroz mandoble que desarticulaba su defensa en quinta y después silencio.

Se fijó en el oficial limpiando la punta de su espada, gesto que parecía un acostumbrado trámite. Hasta que no observó la sangre manando de su abdomen no le fallaron las piernas. Durante aquellos momentos, descubrió que la vida no pasaba ante sus ojos, sino que huía de ellos. Y que también era falso aquello de que los músculos se contraen alrededor del arma, alrededor de la vida. La espada salió con la misma discreción con la que había entrado. Con la misma facilidad con la que una mirada inoportuna se convertía en un asunto de honor. Con la que una espada era limpiada pero nunca terminaba limpia.